Cumplí años el domingo pasado y como para todos los cumpleaños mis compañeros de trabajo juntan diez pesitos por persona y tratan de pensar en qué regalo le gustaría recibir al agasajado. Por supuesto, esto no es gratis: de ese modo se obliga al cumplañero a traer torta, faturas o cualquier cosa que pueda devorarse.
Es lunes y ya sé que se viene la no sorpresa.
Como siempre y porque soy organizada, le confié a una compañera qué quería que me regalasen: una caja llena de tangas. Como la respuesta fue muy fuerte para ella y vi totalmente inviable mi deseo, le pedí que me regalaran una buena edición de Rayuela de Cortázar. Eso le pareció mejor y estuvo de acuerdo en convencerlos a todos de comprarlo aunque sé positivamente que ni consultó y se encargó de todo.
Como siempre y porque soy organizada, le confié a una compañera qué quería que me regalasen: una caja llena de tangas. Como la respuesta fue muy fuerte para ella y vi totalmente inviable mi deseo, le pedí que me regalaran una buena edición de Rayuela de Cortázar. Eso le pareció mejor y estuvo de acuerdo en convencerlos a todos de comprarlo aunque sé positivamente que ni consultó y se encargó de todo.
Entonces es lunes. Trabajo y miro el reloj de la computadora porque me quiero ir a toda costa. Tenía todavía la resaca del sábado dándome vueltas. Había dormitado unos minutos frente al monitor.
De repente, tuc! todos mis compañeros a mi alrededor. Los miro tratando de disimular la sonrisa que no es una sonrisa de vergüencita y esas cosas; es una sonrisa de "ahora se comen la sorpresa doblada".
Los increpo: ¿qué hacen acá?
Y responden: Vos sabes...
Comienzan a cantar el feliz cumpleaños. Me dan ganas de decirles "ya pasó, chicos" pero los dejo que canten. Yo también aplaudo, total... mal no hace. Termina el himno cumplañero y me alcanzan el regalo. Mmmm, ¡qué será!
Abro bolsita, saco paquetito, libro: Cortazar - Rayuela.
¡Ay, pero que lindo regalo! ¡se pasaron, son geniales! (gracias compañera confidente, todo ha sido un éxito rotundo). Ojeo el libro: tiene olor a nuevo, a papel impreso sin tocar, a una historia de puta madre que no tiene apuro para que la lea. Realmente estoy contenta. Aprieto el botón y pongo la cara de sorpresa, cara de "jamás lo hubiese imaginado". Pero la cara de alegría es real.
Cierro el libro en seco y anuncio "gracias, listo chicos, tengo que seguir trabajando" que es como decir "déjenme sola que quiero disfrutar esta pequeña victoria". Pero no. Ellos me avisan que hay otra sorpresa. Me sorprendo, si. Otra sorpresa. Pienso en la caja de tangas. Me emociono. ¿Lo habrán hecho? ¿Tendré finalmente mi caja de tangas?
Nada de eso. Me dan una bolsa de una famosa librería que tiene increíbles ediciones pero la peor atención al cliente. Dentro de la bolsa hay un libro envuelto en papel de regalo azul. Lo inspecciono . Trato de adivinar sobre qué es a través del formato: cuadrado y finito. Llego a la conclusión que no es ni de diseño, fotografía, arte o novela gráfica. No entiendo.
-Llega a ser un libro de cocina y los cago a tiros a todos.
Vuelvo a mi tarea de abrir el envoltorio. Se me ocurre mirar a mis compañeros: algo pasó. Hay consternación y terror en sus caras. Una de las chicas se tapa la boca con las dos manos. Otra, mira a los demás pidiendo ayuda.
Termino de arrancar el papel azul (porque no puedo abrir nada de la manera que corresponde, ni una caja de remedios) y leo: COCINA LIGHT.
Cocina? LIGHT? Cómo qué lo cuánto? Silencio incómodo. Dos, tres, cuatro segundos. No aguanto y lo suelto.
-Ok, ahora todos al paredón, soretes.
PD: de todos modos gracias por la Cocina Light; fue por una causa noble.

y si... pámatarlos
ResponderEliminarseguí escribiendo que me haces descanzar los ojos flora! que talento!
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